Historia

Juan José Blanco Oliver nació en Carcaixent (Valencia), el 26 de septiembre de 1944. Fue el segundo de los seis hijos de Juan Blanco Catalá y María Oliver Gomar, matrimonio de profunda y probada fe cristiana. El germen de la fe madura pronto en Juan José, pues con tan solo 11 años, tras la muerte de dos de sus hermanos, ingresa en el Seminario Metropolitano de Valencia. Allí estudia Filosofía, pero su despierta inteligencia y excelente rendimiento académico hacen que en 1961 sus superiores lo envíen a la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica), donde se licencia en 1964, en Ciencias Políticas y Sociales. Juan José siempre recordará estos años de intenso estudio y profundización en la fe, jalonados con inolvidables jornadas de esquí y senderismo, propias del hábil deportista que era. Las amistades que durante esos años forja, le acompañarán hasta el día de su muerte, en clara prueba de la bondad y verdad de su carácter, las cuales todavía hoy mantienen contacto con su familia. De regreso a España, culmina brillantemente los estudios de Teología, y es ordenado de presbítero el día 19 de junio de 1968, durante el Congreso Eucarístico de Sevilla.
El primer cargo pastoral que se le encomienda es el de coadjutor de la parroquia de San Roque de Valencia, donde además, es nombrado Jefe de Estudios de la Sección Filial nº 1 del Instituto de Bachillerato Juan Vives, lo que le permite conocer de primera mano el complejo mundo de la enseñanza y sus problemas; su característica alegría y su afición por los deportes facilita su siempre cercana relación con los jóvenes. Es precisamente durante un campamento juvenil, en 1971, cuando sufre un grave accidente de montaña, fracturándose varias vértebras y una pierna. Aunque con el tiempo pudo volver a caminar, los dolores y una leve cojera le impedirán llevar la vida activa y deportista que hasta el momento había disfrutado. Sin embargo, nunca nadie le oirá quejarse, ni desaparecerá la característica sonrisa de su semblante.
En 1970 comienza a impartir las clases de Sociología General y Religiosa en el Seminario Metropolitano de Valencia; y desde 1974 hasta un mes antes de su muerte, fue profesor de Sociología en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia.
En 1979 es nombrado párroco de San Juan de Ribera, de Burjasot, y director-presidente del Patronato de Promoción Humana y Social Juan XXIII. En 1982 pasa a ser párroco de San Miguel Arcángel, también en Burjassot. Su sorprendente capacidad de trabajo logra reactivar la vida parroquial, pero también afecta gravemente a su salud; así, en mayo de 1989 sufre 4 infartos de miocardio que le llevan al borde de la muerte. Pero una vez más Juan José supo sacar bienes de la adversidad: miembro del Club Coronario de Valencia, con su ejemplo, su alegría y su característica serenidad, logra acercar a Cristo a cuantos con él se relacionan.
En 1992 ingresa como Colegial Perpetuo en el Real Colegio-Seminario de Corpus Christi, Patriarca, de Valencia, donde desempeñó el cargo de Administrador hasta su fallecimiento.
Juan J. Blanco fue, además, Fundador y Presidente de la Asociación para el Desarrollo de la Investigación en Ciencias Sociales (ADICSO), Investigador del Instituto para la Investigación en Ciencias Sociales (INCIS); Profesor de Sociología y de Economía Política en la Escuela Universitaria Diocesana de Asistentes Sociales; Delegado Episcopal de Cáritas; Delegado Diocesano de Pastoral Social y Consiliario de Equipos de Nuestra Señora. Asimismo, de la mano del entonces Arzobispo de Valencia don Miguel Roca Cabanellas, colaboró tanto en la apertura de la Sección Española del Pontificio Instituto Juan Pablo II en Valencia, como en el proyecto de lo que hoy es la Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir.
Pero, ante todo, Juan J. Blanco fue un hombre bueno. Enamorado de Cristo y fiel devoto de la Virgen, amaba profundamente a la Iglesia; fue un pastor cercano, presbítero obediente y eficaz colaborador de su Obispo. De corazón profundamente misericordioso, su casa siempre estaba abierta, su tiempo siempre estaba a disposición de quien lo necesitara. Abierto, dialogante, alegre, prudente y sereno, buen hijo, buen hermano, buen amigo, buen tío. Un presbítero muy querido que además destacó por su fortaleza ante la enfermedad y el dolor que desde su juventud sufría diariamente, en silencio y con una sonrisa. Pero fue el desenlace de su vida lo que demostró que, como San Pablo, era Cristo quien vivía en él: afrontó el diagnóstico de cáncer terminal con la serenidad de siempre. Ni una queja, ni un día sin sonrisa, ni un día sin visitas en el hospital donde falleció, con una sonrisa, el 24 de julio de 1999, a las 16 h, y rodeado de su familia y amigos.
Su funeral, oficiado por 5 obispos y más de 200 sacerdotes, tuvo lugar el 26 de julio de 1999. A fecha de hoy, todavía es recordado por tantos amigos, tantos fieles, tantos alejados para los que Juan José fue el rostro amable de Cristo.
Gracias tío. Gracias, Padre, por el tío.